martes, 27 de noviembre de 2007

¡¡¡Felicitaciones!!!

¡¡¡Qué buen quinto año!!!



¡Qué grupo trabajador!


La muestra ha sido muy buena y todos los trabajos sobre Comunicación y familia han estado realmente muy buenos. ¡Son excelentes indagadores de la realidad que los rodea y de sus orígenes!



¡Felicitaciones y buena vida!


La muestra en fotos:





“FAMILIARIZÁNDOME...”

...CON LA ABUELA:

Mi abuela, Selva del Valle Palavecino nació en un pueblito de Santiago de Estero, Salavina el 25 de Noviembre de 1928 . Fue ahí donde asistió a esos típicos pequeños colegios de pueblo, le quedaba a tres leguas, tenía techito de chapa, tal vez una puerta y unas paredes de barro y madera; vaya saber alguien de qué más. Vivía en un pueblito en el que ni se imaginaban a la tecnología como una posibilidad de facilitar sus tareas, menos para comunicarse con alguien. Mucho menos con millones de forma masiva.
Ella, inadvertida, se la pasaba jugando con sus ovejas, a las que les ponía nombre y las reconocía por él y ellas la reconocían a ella. Desde muy chica tuvo que hacer muchos esfuerzos para estudiar. A mi bisabuela no le interesaba que mi abuela aprendiera a leer y a escribir, así que la mandaba todo el día a cuidar de las ovejas y de vez en cuando se le daba por hacerla cuidar los cabritos también. Esto no le dejaba tiempo para hacer ninguna tarea escolar ni para practicar cualquier cosa que le dieran. Así que, como cada vez que la veían estudiando la mandaban a cuidar las ovejas, ella se trepaba a los árboles, y desde la copa más alta daba una ojeada al rebaño y practicaba sin que nadie la molestara.
Su primera muñeca la tuvo como a los 10 años, cuando una tía que viajó a Francia se la trajo. Es de plástico y casi no se la puede tocar de tan blandita que es, todavía la tiene mi mamá envuelta en una tela guardada en su placard. Mientras tanto, jugaba con muñequitos que ella misma se fabricaba de barro, por lo que me cuenta se divertía igual o mejor.
Sus tías eran como su “conexión” con el mundo exterior, ya que una le regaló esa muñeca de la que normalmente todas las niñas de su edad gozaban, y otra tenía una pequeña radio por la que escuchaban algunas noticias. L a radio de su tía era algo así como “la radio del pueblo”. La noticia que más recuerda es cuando anunciaron la muerte de Carlos Gardel. Todo el pueblo estaba llorando, ella incluida.
A pesar de todos los interines de su infancia , le ganan los buenos recuerdos, y Selva habla de su niñez con una sonrisa inseparable de inextricable nostalgia y alegría. Le brillan los ojos. Santiago del Estero es lo más lindo que hay.
Esto que ella me transmite me responde un poco la pregunta que me resurgía cuando alguien habla del campo o de lugares apartados de la tecnología:
“¿Cómo hacían, o hacen actualmente, para vivir sin tele, radio, cine, o compu?”. Simplemente lo hacían y mejor, según desde qué punto lo mires, eso queda a juicio propio. En una mirada personal yo diría que al menos viven con mejor salud. Con sus --- años mi abuela ve mejor que yo, tiene muchísimas energías y goza de increíble vitalidad. Un dato que enriquecería, sería el saber que su tío abuelo, también proveniente de Santiago del Estero, vivió hasta la edad de 130 años.
Selva , dejó su vida “no tecnológica” cuando tenía 14 años y se mudó a Bs. As., para trabajar cuidando niños. Aquí encontró radio, cine. Todo muy distinto a Santiago del Estero.
Mi abuela rápidamente formó un grupo de amigas con las cuales salían a todos lados. Uno de sus lugares favoritos era el cine, donde conoció a mi abuelo y entre película y película terminaron de novios. Después de 3 meses, en el año 1954 a los 25 se casó con José Luis Borda. Era entrerriano y había venido a Buenos Aires después de un pleito familiar, esperando tener suerte al encontrar trabajo.
Después de haberse casado se fueron a vivir sobre la calle Rivadavia, en Floresta, más precisamente en la vereda de enfrente al “Olimpo”, un centro de torturas muy conocido en la época de la represión.
Un año después de haberse casado, mi abuela dio a luz a mi tía, Aurora Borda . Un año más tarde, tuvo a mi mamá, Leonor, el 8 de Noviembre de 1957.
Selva recuerda, que en la época de la represión, mi abuelo era peronista a muerte y tenía casi empapelada las paredes gastadas de la habitación con afiches peronistas. A este “desacato” respondían los militares con allanamientos y con autorización para llevárselo a la cárcel. Ella, embarazada de mi mamá, trepaba al techo para que no atentaran encarcelarla también. Mi abuelo siempre salía en libertad, pero unos meses después lo volvían a llevar a prisión por la cantidad de afiches peronistas. Así sucedió varias veces.

...CON MAMÁ:

Mi mamá me contaba que, era una niña casi adolescente cuando todo sucedió, y no tenía tanta noción de la seriedad del asunto. En la vereda de enfrente siempre ponían bombas, escondidas dentro de una bolsa residual, que iba a parar a los pies de algún distraído que la pateaba... y explotaba, matando a la persona.
Al salir de su casa, muchas veces se encontraba con militares vigilando el lugar. Desde la terraza de su casa a veces, se podían escuchar los gritos de las personas de adentro del Olimpo. Era horrible.
Creció sin televisión, pero en su cuarto siempre tenía una pequeña radio, por la cual escuchaba todo lo que sucedía. Solo cuando iba a la casa de su amiga, veía tele. Ésta fue la culpable de su desilusión hacia el cantante que le gustaba: Sandro. Siempre lo escuchaba por la radio y le fascinaban sus temas. Pero bastó verlo para que le sacara ese encanto.. Siempre agitado y transpirando a más no poder sobre el escenario, le quitaba el romanticismo y la estética a las canciones.
Leonor vivió una adolescencia un poco peligrosa, como para todos los que estaban en ése momento. A la noche, después de salir con amigos, ellos tenían miedo de acompañarla hasta la puerta de su casa como lo hacían con todos. A ella la dejaban a una cuadra, y esperaban a que entrara, mirándola desde lejos. Si pisaban su cuadra, era muy posible que algún militar se acercara y pidiera los documentos. Si no los tenían encima, los podían llevar y no sabían qué iría a pasar después. Mi mamá, por supuesto, siempre llevaba consigo el documento.
Creció, terminó la secundaria, trabajó en varios lugares fugazmente, pero se mantuvo estable en un estudio de cartografía de militares. Ella me contó cómo tenían que hacer los mapas: a pulso. Copiando de las fotos que se tomaban. No tenían la tecnología actual ni mucho menos. También estudió dactilografía, para escribir en la máquina de escribir. Aunque ahora ya no existe, le sirve para manejarse perfectamente con la computadora.
A los 26, conoció a Ricardo Rubén Gomar, mi papá, en la puerta de la Iglesia a la que asistían. Después de haber estado un año de novios, se casaron. Se fueron a vivir a una propiedad de mi abuelo paterno, en Villa Luro. Al año de haberse casado, tuvieron a mi hermana mayor, Aldana. Un año y un mes después, nació Yamila. Tres años después nací yo y nos Mudamos a San Miguel. Un año después Mailen. Seis años después nació Jazmín, y un año y ocho meses después, Oriana. Como se puede leer, somos una familia bastante numerosa.


...CONMIGO:

El 23 de Marzo de 1990 nací yo, en Capital Federal, pero residiendo en San Miguel, cuando la tecnología ya había avanzado a pasos agigantados. La TV y la radios ya existían, pero las computadoras y otras tecnologías fueron creciendo casi a mi par: A los 8 años tuve mi primer “contacto” con una computadora, la de mi casa. La acomodábamos en un escritorio en el living para que el lugar nos sea cómodo a todos. También a los 9, empecé a tener computación en el colegio primario donde asistía, en San Miguel. Más tarde, Internet se generalizó -a partir del año 2003-, yo tenía 13 años, y ya empezaba la tan mencionada fiebre del msn. A ésa edad, ya me había cambiado de colegio dos veces: fui a sexto y séptimo grado en el colegio “San Martín” – también ubicado en San Miguel-, e hice primer año de secundaria en el colegio “Luis Pasteur. N° 19” localizado el Devoto, como consecuencia de una conflictiva mudanza.
De chica siempre me molestó tener que mirar el noticiero cuando mi familia lo miraba. Igualmente, con hechos como la caída de las torres gemelas, o el cacerolazo, terminé agradeciendo la molestia. El fin de la TV originalmente era comunicar, pero de cualquier forma, yo nací en una época en la que su finalidad ya estaba un poco desfigurada por las series, las pelis, los programas de chimentos, juegos , entre otros. Así que es normal que no me gustara seguir el único programa que mantenía el fin base de este medio de comunicación masiva.
Luego, cuando estaba en tercer año de la secundaria – esta vez cursando en el colegio “EMEM N° 1 d.e. N° 16”- los celulares tuvieron su auge, y todo el mundo TENÍA que tener uno. Por supuesto, los celulares que tenían más de tres meses ya habían pasado de moda y era necesario ir renovándolo.
Ahora, un par de años después, los celulares son otro de los chiches que el mercado tiene para ofrecernos, hay innovaciones cada vez más complejas.
La tecnología y los medios de comunicación, van afectando enormemente la vida de cada uno de nosotros, pero como ya lo tomamos como algo habitual, ni nos damos cuenta.
Hace unas semanas, estaba recordando con una amiga que cuando éramos más chicas, solíamos ir al cine juntas y ver películas como “Evolution” o “Señales”. Surgió un planteo que mucho tiene que ver con el tema: notamos que el cine ya no tenía el auge que hace uno años tenía. Y claro, con Internet y la piratería que habita en ella, los cines de a poco, muy de a poco, van perdiendo su clientela. ¿ Para qué pagar 10 $ para ver una peli, si la puedo ver en la comodidad de mi casa sin pagar un centavo?. Los medios de comunicación se van “comiendo” entre sí.
Por medio de éste trabajo me pude dar cuenta el rol importante que tuvieron siempre los medios de comunicación en mi vida, y los cambios que sufrió desde la época de mis abuelos. Además lo que tuvo de lindo este trabajo es que está bueno escribir sobre la vida de tus antepasados, no es algo que te sirve solo en el cole, sino también como algo afectivo.


Keila Gomar

viernes, 2 de noviembre de 2007

Ferias y Walmart: cultura propia y ajena

Según Néstor García Canclini, la internalización y la globalización generaron un ambiente cultural tan amplio que hoy, el reconocimiento de lo propio se nos hace más que difícil. Esta idea, desarrollada en su texto Consumidores y ciudadanos, nos permitió analizar de manera más útil y eficaz nuestra investigación. Veamos, pues, las diferencias y contraposiciones que existen entre los hipermercados y las ferias francas.
- “Yo elijo Walmart porque está cerca, y en algunas cosas, tiene mejores precios”
- “Acá ahorrás tiempo, tenés de todo en un mismo lugar”
- “Puedo elegir lo que quiero comprar”
- “Tiene cosas de buena calidad y a buen precio”
Estos, según los clientes, son los factores que determinan su elección. ¿Qué sucede entonces con las ferias?
- “La feria me queda más cerca”
- “Acá vengo a comprar limones porque, vos mirá, un kilo de limones me sale carísimo y acá los consigo más baratos”
- “Mi hija siempre compra el pescado acá, a mí me parece porque es más fresco que en otros lados”
- “Siempre compro algunas cositas acá, más que nada porque los conozco y se que me venden cosas buenas”
A simple vista diríamos que los consumidores que eligen las ferias lo hacen por la calidad y los precios, pero no es en esto en lo que difiere con Walmart. Una detenida observación nos permitió reconocer el verdadero sentido, la esencia misma de las ferias: un lugar de encuentro social. Mientras Walmart ofrece comodidades como la posibilidad de pagar con tarjeta en vez de efectivo, accesibilidad de conseguir en un mismo lugar todo lo que comúnmente se vende en distintos negocios (es decir, allí mismo podemos encontrar desde alimentos, productos de bazar o limpieza, muebles y otros, sin la necesidad de trasladarnos a otro sitio afuera) y, gracias a esto, rapidez; en las ferias se genera un ambiente familiar, de confianza, en donde se pueden entablar charlas y discusiones, y donde se establecen amistades y relaciones. Este clima nunca se verá en un hipermercado, donde a todos los corre el tiempo y el deseo de llegar a casa lo antes posible, y donde la continuidad de una breve charla con la cajera sería imposible.
Walmart es un ejemplo básico de la globalización ya que, a cada lugar en que se instala le incorpora bienes culturales extranjeros. Las ferias en cambio son parte misma de nuestra cultura, constituyen lo propio, y es precisamente su significado social lo que las fortalece y diferencia.
Otra noción que García Canclini incluye es que la identidad se construye a partir del consumo; adoptando esta idea vemos la diferencia entre los consumidores de ferias y los de Walmart: cada uno de ellos se representa con lo que posee o es capaz de adquirir. Esta selección y apropiación de bienes es lo que define cómo se integran y distinguen en nuestra sociedad.
Nora Anzilutti, Anabella Benincasa, Laura Nievas

lunes, 22 de octubre de 2007

Más sobre el barrio Villa Pueyrredón y su gente

Villa Pueyrredón es el barrio en el que vivimos, y es el barrio sobre el que vamos a desarrollar nuestro trabajo.
Aquí se ubica uno de los centros comerciales de los tantos de la ciudad y se pueden adquirir todas las necesidades que impone la sociedad de consumo ya que la oferta es variada. Pero, dentro de este Paseo Comercial a cielo abierto, nos encontramos con la realidad, al llegar a las vías del Ferrocarril, la Estación Villa Pueyrredón. Lo que allí vemos nos recuerda que habitamos en un país donde gran parte de la población vive en la indigencia, por lo cual se ve obligada a realizar trabajos de muy bajo nivel, como la recolección de cartones y papeles, entre otros.
Dada esta realidad que nos muestra nuestro barrio, vamos a focalizarnos en ella.
En principio nos detuvimos allí y observamos por un momento lo que sucedía. El espacio que estaba libre hace unos pocos años atrás, ubicado entre medio de la estación y un Polideportivo Evangelista, ahora se encuentra ocupado por “cartoneros” y sus respectivas pertenencias.
Además, cabe destacar por otro lado que los denominados “cartoneros”, no son solo hombres sino que se trata de familias, es decir personas de todas las edades, tanto niños como adultos. Se genera entonces un ambiente que no ha de ser agradable para ninguna de las partes, pues las personas que están en el lugar asentados, clasificando papeles y cartones, saben positivamente que no son bien vistos por muchos de los vecinos del barrio lo que hace que estas personas sean concientes de su situación de marginalidad y exclusión social. Por otra parte, están los ya mencionados vecinos del barrio que temen por su seguridad al ver este ambiente en medio del barrio.
Para profundizar en la cuestión entrevistamos a algunos de los comerciantes de la zona. Estos nos decían: “no es que el peligro de delincuencia sea generado por los “cartoneros” en sí, pero suele pasar que se mezclan entre quienes trabajan, otras personas que sí tienen intenciones de delinquir”, “en el barrio aumentaron los robos y, sumado al mal aspecto que da la estación, el circular de la personas con fines de comprar no es el mismo, ya que muchos optan por no pasar cerca de estos grupos de personas”.
Dada las respuestas de los comerciantes, decidimos escuchar las respuestas de la otra parte, es decir uno de los centros comerciales integrado por varios de los cartoneros, donde esta problemática que acabamos de compartir es evaluada. Nos referimos al “Centro Cultural Nunca Más” ubicado en Nazca 5099 y esto nos decían:

Ellos (los cartoneros) son nosotros, es decir, son parte de este espacio, este espacio lo compartimos… con los compañeros de la cooperativa el Álamo. Acá hacen actividades culturales y con ellos nos reunimos y tratamos los problemas del barrio o del país en el que vivimos… no hay un ellos y nosotros, todos somos parte de este lugar porque para nosotros no hay diferencia más que la diferencia que no tienen las posibilidades que algunos de nosotros tenemos. Esto es lo primero…
En segundo lugar, nosotros trabajamos para que el trabajo de los cartoneros se formalice, digo para que deje de ser una actividad marginal porque efectivamente en las condiciones en las que se hace -no solo por la estética- no se puede hacer el trabajo. Es en cuanto a lo ambiental que se necesita mejorar las condiciones porque lo que ellos hacen es un trabajo sumamente redituable para el cuidado del medio ambiente. El material que ellos recogen y que comercializan, no se entierra. Tengamos en cuenta que el problema de la basura en la ciudad y en el conurbano está al borde del colapso, es decir, hasta hoy, los vecinos de la ciudad nos sacamos la basura de encima pero se la tiramos a los vecinos del conurbano donde se entierra y contamina. Todas las poblaciones que habitan cerca de esas zonas rellenadas están enfermas o con problemas de contaminación en el agua, es decir, vulnerada su salud por nuestra basura. Por lo tanto, la cuidad tiene que pensar qué va hacer. Entonces, ahora nos damos cuenta de que hay gente que vive de esto que llamamos basura. Por un lado brindan el beneficio de reducir la cantidad de residuos, se entierra menos y, además, vuelven al circuito comercial materiales que se utilizan reciclados. Se ahorra así petróleo para fabricar plástico, se evita la tala de árboles para fabricar papeles y el re-uso de algunos electrodomésticos. Entonces, valorizar estas tareas y formalizarlas es fundamental, de hecho la ciudad tiene una legislación que dice que son parte del servicio higiénico, la ley 992 que está relacionada a la ley 1854 de basura cero. Esta reglamenta que todos los vecinos de la ciudad, incluso industrias y comercios, saquen sus residuos separados en distintas bolsas. Para eso están poniendo contenedores, es decir que todos vamos a estar involucrados. Esta ley, además dice que cada empresa que haya ganado la concesión para recoger los residuos está obligada a construir un centro de selección y clasificación de materiales para que los cartoneros puedan realizar sus actividades en condiciones dignas. Los cartoneros de la cooperativa, inscripta legalmente, conocen estos derechos, por lo que gestionan por ejemplo un centro verde que el estado les debe desde el año 2003 donde esta actividad podría realizarse en mejores condiciones, condiciones dignas y no de marginalidad.
Acá se reúnen y discutimos cosas, este es un lugar de organización como trabajadores”

Y agregaron con respecto a la obra que se estaba realizando en ese lugar:

“En realidad antes de que empezara esta obra de urbanización (futura plaza, playa de estacionamiento) el gobierno les debía un lugar. Pero, a partir de esta es que comenzó la presión por parte de algunos vecinos: “los tienen que localizar porque sino la obra no puede avanzar”. Nuestra respuesta fue que no es que los tienen que localizar porque hay una obra sino porque hay un derecho vulnerado, un derecho al trabajo en condiciones y el cumplimiento a la legislación vigente en la ciudad.
El problema fue que cuando se había decidido darles un galpón en Roosevelt y Constituyentes, algunos militantes políticos de este barrio y algunos vecinos muy fascistas, que no pueden ver “negros” ya que se escandalizan y les da miedo (para ellos roban, matan y violan), generaron tres asambleas y motorizaron las juntada de firmas para evitar que se entregue ese lugar que estaba prometido ( y firmada un acta acuerdo con el gobierno de la ciudad el 19 de octubre del año pasado). Y lo lograron, no se entregó. Luego empezaron las obras y junto con ellas, la presión por parte de nuestra cooperativa que de ahí no se van a mover y no va haber obra si no hay localización.
Este es un grupo organizado, no un grupo de cartoneros, es una cooperativa de trabajo que sabe lo que quiere, que sabe qué derechos tiene y está dispuesto a pelear por mucho. Y este espacio justamente se hace para eso…
Esta asamblea surgió como todas las asambleas del barrio, el 19 de diciembre del 2001 con el propósito de que había que cambiar a la sociedad en la que vivimos, ya que el 2001 mostró que algo no funcionaba bien.”

Para finalizar con este trabajo concluimos que realizarlo nos ayudó a darnos cuenta de que en nuestro barrio existen varios lugares en donde se encuentran personas muy amables y solidarias que se preocupan por la sociedad en la que vivimos. Además nos dimos cuenta de que nuestra colaboración y participación dentro de estas asociaciones podrían ayudar mucho, ya que todos compartimos y formamos parte por igual de este espacio.



Yamila Hass, Yamila Rugiero

Corazón de artesano

Tan simple como caminar por las veredas rotosas de la ciudad, y tan común como visitar una plaza publica en verano, es ver a los numerosos puestos de artesanías que se extienden en los alrededores de Plaza Italia. ¿Cuántos secretos esconde este lugar? ¿Cuánta labor es la que está dedicada para que todo esto cobre vida y nos ofrezca un espacio nuevo escapando a los de nuestra cotidianeidad?
A simple vista, podemos observar la sencillez del lugar, los puestos están armados con apenas cinco o seis fierros entrecruzados que le dan forma a un pequeño mostrador. El feriante es casi siempre un hombre, de mediana edad, que viste un humilde jean gastado y una camisa de uso diario, una persona “de barrio” notablemente bronceada por el sol que cada día pone en juego la esperanza de vender algo “para poder sacar unos mangos mas”, así lo dice Jerónimo, artesano entrevistado en estos puestos.
Cómo describir a las esculturas que allí están presentes: a simple vista se les distingue la laboriosidad con que fueron hechas, aquellos objetos sin forma alguna con colores llamativos que colman los espacios del mostrador, y esos otros que parecen pertenecer a la casa misma del artesano, objetos en desuso, antigüedades, entre otras cosas.
Para explorar más un mundo de artistas, nos internamos en el predio actual de artesanos “El Dorrego”, situado en la calle Dorrego y Zapiola. Este lugar ofrece una amplia gama de exposiciones, y a diferencia de los de Plaza Italia, El Dorrego parece ser un centro turístico por la cantidad de visitantes extranjeros. Cuando entramos al predio lo primero que llama la atención es un extenso techo de zinc, que hace barullo cuando llueve, la gente que entra y sale despreocupada hablando inglés u otros idiomas y el ambiente que es muy cálido y familiar. Podemos destacar la presencia de numerosos carteles que cuelgan por el techo, hay mucho color y expresión. En cuanto a los productos que se ofrecen se puede decir que son más pintorescos y caros.
La feria de artesanías “El Dorrego”, es una idea que nació hace unos cuatro años en el barrio de Palermo y que permite la libre expresión del arte, así nos lo cuenta Alberto (empleado del lugar) “La feria en parte se ocupa de darles un lugar a aquellas personas diseñadoras o artistas, que por lo general no tienen dinero para pagar producciones ni un lugar comercial”. En tanto Luis (artesano) agrega: “Acá se busca un desarrollo constante y una formalización de los emprendimientos de diseño, se trata de comunicar y expresar libremente el arte sin ninguna traba económica.
Con estos testimonios y las incontables observaciones que realizamos, intentamos dar a conocer más sobre este mundo artesanal, para meternos en la vida misma del artesano simple y trabajador que se gana la vida con las manos y el corazón.



Pascual Biondo

martes, 16 de octubre de 2007

Entrevista con Lucía del Valle Vera


"Fue una búsqueda, me interesaba mucho el arte en general"

Lucia del Valle Vera es una señora de 52 años. Da clases de pintura, dibujo y cerámica y hace piezas de decoración, cerámicas y también utilitarias: tazas y cazuelas. Vive en Villa Pueyrredón, le gusta mucho su trabajo y no se arrepiente de haberlo elegido.
-¿Hace cuánto trabajás en esto?
Hace aproximadamente veintitrés años.
-¿Tenés otro trabajo además de este?
Doy clases de pintura, dibujo y cerámica.
-¿Trabajás en tu casa o en un lugar particular?

Trabajo en mi casa en forma independiente.
-¿Cómo definirías tu trabajo?
El trabajo es placentero. Uno hace lo que quiere, lo que le gusta, no le rinde cuentas a nadie, no está obligada a cumplir horarios, es su propio patrón: produzco yo, le pongo el precio, controlo las ganancias y pérdidas, estoy en comunicación con la gente, viajo si no tengo otros compromisos, no espero que nadie me dé vacaciones...
-¿Es un trabajo o un pasatiempo?
Es un trabajo y un pasatiempo. Al principio sí buscaba otro trabajo; ahora no aceptaría cualquier trabajo salvo que no me rinda como me rinde el trabajo de artesana (como un sueldo). No lo cambiaría por ser cajera de un supermercado o atender un negocio, por ejemplo.
-¿Cómo empezaste a trabajar de esto?
Comencé primero con la pintura y el dibujo y luego incorporé la cerámica, pues es más fácil de comercializar que la pintura.
-¿Algún familiar tuyo es artesano?
No
-¿Tenés tiempo libre para realizar otras actividades?
Sí y me da mucho gusto ser artesana porque es lo que me permite crear, y eso me divierte mucho.
-¿Sufrís algún desgaste físico cuando hacés artesanías?
Me cansa la espalda por la posición y también la vista.
-¿Qué motivos te llevaron a ser artesana?
Fue una búsqueda, me interesaba mucho el arte en general, la pintura fue la puerta, luego comencé a enterarme de todas la posibilidades que tiene la plástica. De ahí en más fue investigar y trabajar. Luego me conecté con la cerámica y encontré la posibilidad de vender mi trabajo.
-¿Cómo definirías a los artesanos? ¿y tu relación con ellos?
Los artesanos somos gente creativa, encontramos la forma de expresarnos así. Es un trabajo, uno se gana la vida de lo que más le gusta.Antes que ser artesanos, somos personas; con unos se lleva mejor, con otros peor, por las actitudes que tenemos. Además ser artesano es buscar un modo de vida independiente, desarrollando una actividad creativa, que permite en muchos casos vivir.
-¿Creés que está bien que haya artesanos que se aposten en la plaza o creés que afea el paisaje de la plaza?
Por un lado sí, está bien, ellos se ganan el pan de cada día y trabajan para vivir. Pero, por otro lado, no. Lo que me molesta es lo que se arma alrededor: gente drogándose, metiendo cosas en las macetas, alcoholizándose. Ellos merecen tener un lugar para su feria pero la plaza no está preparada para eso, afea el paisaje. Sin embargo, las ferias que están en las plazas, son un atractivo para el público y además permiten desarrollar una cantidad de objetos originales.
-Describime resumidamente cómo es un día de tu vida de artesana.
Mi trabajo lo realizo generalmente durante la tarde y consiste en distintas etapas. A veces es preparar la materia prima con la que trabajo, también la decoración y luego hacer los contactos para las ventas.
-¿Cuánto demorás aproximadamente en la produción?
Es muy difícil calcular el tiempo de realización de una pieza, pues tiene mucha influencia el clima, si está húmedo los procesos se alargan.
- ¿Vendés mucho por día? ¿Dónde vendés?
Las ventas no las realizo directamente al público, sino a través de casas de decoración.
-¿Creés que hay prejuicios hacia los artesanos?
Me parece que los prejuicios lo tienen los comercios que ven en ellos una competencia de ventas, la gente en general disfruta de pasear y ver objetos a veces originales.

Marcelo Ríos

domingo, 30 de septiembre de 2007

Wal Mart: El lado oscuro del supermercado



1. Detrás, está la gente

Detrás de los héroes y de los titanes,
detrás de las gestas de la humanidad
y de las medallas de los generales.
Detrás de la Estatua de la Libertad.

Detrás de los himnos y de las banderas.
Detrás de la hoguera de la Inquisición.
Detrás de las cifras y de los rascacielos.
Detrás de los anuncios de neón.

Detrás, está la gente
con sus pequeños temas,
sus pequeños problemas
y sus pequeños amores.

Con sus pequeños sueldos,
sus pequeñas campañas,
sus pequeñas hazañas
y sus pequeños errores.



Detrás de todo esto, está la gente, dice el catalán. Y detrás de Wal Mart, también está la gente. Detrás de esta empresa, con excéntricos carteles y publicidades, de la bondad y familiaridad que vende, detrás de las sonrisas forzadas de sus empleados y del logo (la cara amarilla feliz), está la gente.
Gente privada de sus derechos, tanto como individuos y como trabajadores, que son discriminados y apartados, que son víctimas de mentiras, de promesas vanas , y que son, lastimosamente, explotados sin ningún tipo de benevolencia por parte de los directivos, personas que no conocen la palabra respeto, pero conocen a la perfección arbitrio y esclavitud…

2. Se armó en Wal Mart

“Viste vos, que estás haciendo ese trabajo de Walt Mart…” me dijo un amigo “…se armó un quilombo bárbaro”. Ignorante de lo que pasaba, le pregunté a Nicolás y a Emiliano qué era lo que mi amigo me había comentado, sospechando que encontraría una certera respuesta del otro lado.
Sinceramente, ninguno de los tres sabía qué era lo que había pasado. Por supuesto que sabíamos parte “de la interna”, como se dice en la jerga callejera, sobre el trabajo en Wal Mart, ya que habíamos hablado con algunos empleados del establecimiento. Más adelante repasaremos parte de esos diálogos.
En el colegio, en la hora de Comunicación, gentilmente, una compañera se acercó (a la cual agradecemos mucho), y nos comentó que en el prestigioso diario de nuestro barrio (“El diario de Villa Pueyrredón”, de Ignacio Di Toma Mues) había publicado una carta a los vecinos de nuestra villa, informando sobre la situación que se vivía en el supermercado.
Rápidamente leímos esta carta, cuyos intereses reflejaban los nuestros: buscaba una merecida condena social al mercado capitalista y atroz, ubicado en Bolivia y Av. Albarellos.
Al fin y al cabo, mi amigo tenía razón. Había problemas en Wal Mart, y la gente sabía eso, podía enterarse por dos medios: el primero, el artículo ya mencionado, el segundo, los afiches pegados en las paredes y carteles en la calle, denunciando un “escracho a Wal Mart” (estos afiches se pueden ver en diferentes calles del barrio, nosotros los vimos en Av. Nazca y la vía).
Ahora sí, teníamos pruebas concretas de lo que sucedía en Wal Mart. Los afiches, el artículo, las diferentes “investigaciones” realizadas por nosotros. Ahora debíamos juntar todo.

3. Las cartas sobre la mesa…

Flor, señores. Al estilo del truco, juego argentino por excelencia, nosotros teníamos tres cartas iguales. Las tres conducían al mismo lugar, a Wal Mart.
Al principio, luego de las primeras entrevistas, todo estaba confuso. Muchos se negaban a atendernos: “estoy trabajando, no puedo”. Por otro lado, jamás desconfiamos de la palabra de los empleados, quienes con seguridad nos decían (los que se animaban, pese a que los que podían miraban hacia los costados como un tic nervioso): “El trabajo es mucho y a veces no me siento cómodo trabajando aquí” o “No recomendaría este trabajo a un pibe”, pero con otras palabras. Al principio pensamos que esto debía ser con los cadetes, los repositores, que son los que en la pirámide de jerarquía se encuentran en el más bajo lugar. Pensamos que el trato (o mal trato) que ellos sentían se debía “a su condición”. Aclaramos que de todos modos eso es atroz y repudiable, no lo justificamos en lo más mínimo, y es por eso que ponemos entre comillas condición, puesto que no debiera existir.
“Pero, ¿cómo puede ser que no hablen?...no somos de la CIA, somos pibes de un secundario que estamos haciendo un trabajo”, decíamos entre nosotros. En algunos nos parecía antipática la actitud, otros ni siquiera ni tenían actitud, realizaban su trabajo, ignorando su alrededor, como máquinas.
Cuando volvimos luego de un par de días al supermercado, y vimos la misma actitud, ya pensamos que no era por nosotros, sino que podía haber un tema de trasfondo, que, por supuesto, desconocíamos, o mejor dicho, “tocábamos de oído”.
Por qué no nos atendían, por qué trabajan como máquinas… preguntas que se intentarán develar a continuación.

4. Detrás de las cajas registradoras…

Aquí se intentará, gracias a la ayuda del artículo del diario, no revelar el cien por ciento de lo que sucede en este supermercado, en principio porque nadie es dueño de la verdad, y en segunda instancia, porque debe haber muchas cosas más que suceden y que quizás no conozcamos nunca, pero al menos podremos ayudar a mirar la cuestión un poco más profundamente.
A continuación, algunos ítems sobre lo que pasa en Wal Mart según versa en los volantes:
+ A pesar de las millonarias ganancias, paga salarios debajo de la línea de la pobreza.
+ Contrata a su personal por 36 hs. pero los hace trabajar 48 hs.
+ Durante 10 años descontó el presentismo violando el Convenio Colectivo de Trabajo.
+ Ejerce prácticas antisindicales despidiendo a trabajadores que quieren organizarse para defender sus derechos.
+ Denigra a sus empleados obligándolos a cantar “el himno de Wal Mart” y a realizar rituales con porras para demostrar su adhesión a la empresa.
+ Realiza espionaje llevando a cabo el programa “Mistery Shopper” (Cliente misterioso), que evalúa el desempeño de los trabajadores sin que éstos tengan el más elemental derecho de réplica o defensa.
+ Concede premios en forma discriminatoria relegando a trabajadores sindicalizados.
+ Ante accidentes de trabajo envía a los trabajadores a atenderse en hospitales públicos cuando debe derivarlos a la ART que tiene contratada.
+ Reduce o niega las jornadas de descanso arbitrariamente y no se priva de nada a la hora de humillar con tal de “atender al cliente”.

5. Con razón los escarches…

Ahora queda un poco más claro lo que se esconde en Wal Mart. No son buenas las condiciones de trabajo (si es que hay condiciones para trabajar), entre tantas otras cosas que no son buenas.
Por los motivos antes desarrollados, creemos que tiene merecido los escarches que está sufriendo. Algunos medios de comunicación, como la Agencia de Noticias Rodolfo Walsh, ha publicado lo siguiente:
Buenos Aires, 17 de septiembre de 2007 (Agencia Walsh), varias organizaciones populares, convocan a un escrache contra la multinacional Wal Mart, ha realizarse el sábado 22/9 en la “Plaza Nunca más”, Bolívar y Cabezón, estación Pueyrredón.
Y como ya hemos mencionado, hay diferentes afiches en la calle que anuncian futuros escarches a esta empresa. Éstos se pueden ver pegados en las calles aledañas al supermercado. Esta no es la primera vez que escarchan a Wal Mart en el año, y probablemente la manifestación del sábado no sea la última.

7. No queremos ser cómplices

Por eso hacemos este trabajo…
En un principio nos costó realizar el trabajo, no porque sea difícil desarrollar el tema, sino porque no teníamos claro qué queríamos mostrar. Pero, ahora creemos que hemos logrado acercarnos, con ayuda de trabajadores de Wal Mart, vecinos y diferentes medios de Comunicación, a los gravísimos hechos que suceden en esta cadena de supermercados.
Lo que más nos chocó, es la discriminación hacia los trabajadores que pertenecen a un sindicato, como si esto fuera malo. En realidad, a las autoridades les resulta peligroso que algunos de sus empleados conozcan sus derechos porque tienen la posibilidad de discutir y pensar por sí mismos. Claramente, ellos no quieren eso.
Lo que buscamos, entonces, al hacer este trabajo, está en el título de este apartado: no queremos ser cómplices de esto, queremos denunciar lo que verdaderamente se esconde detrás de los precios bajos y de la cara amarilla con una enorme sonrisa.

Nicolás Carrón, Emiliano Martorelli y Gastón Martorelli

lunes, 24 de septiembre de 2007

Los Scouts


En nuestra caminata barrial pudimos observar que hay una variedad de lugares como kioscos, diarios de revistas, clubes, pero decidimos enfocarnos en el grupo scout que utiliza un predio de tierra con forma triangular, en Villa Pueyrredón en las calles Ezeiza y Panamericana pegado a los pabellones. Al estar allí observamos que no es muy amplio y a pesar de esto se concentra mucha gente y realizan actividades sin inconvenientes ya que saben utilizar el espacio que tienen.
En la institución enseñan actividades como la de supervivencia, el armado carpas, preparación de mesas, visitan otros lugares haciendo campamentos, pueden elegir “cursos”, como primeros auxilios, entre otros. La organización provee de actividades para todos y, depende del grupo, se proponen resolver, por ejemplo, pintar, lavar un lugar que vean muy sucio y demás tareas comunitarias.
Los jóvenes scout se reúnen todos los sábados, vestidos con un atuendo color verde que los caracteriza a todos. Estos ascienden dentro de la institución a medida que pasan los años y saludan de una forma que para nosotros es muy extraña, sin ofender, ya que con su mano apuntan hacia el cielo con los dedos índice, mayor y anular y poniendo su dedo gordo sobre el meñique cubriéndose debajo de la palma de la mano. Esto tiene un significado: el mayor (dedo gordo) protege al menor (el meñique).
La asociación está dividida en patrullas que pueden ser integradas por cualquier chico, chica o joven entre los 6 y los 20 años, a su vez las patrullas se dividen en secciones: los castores (6-8 años), los lobatos (8-10 años), los scout (11-15 años) y los caminantes y rovers (16-20 años). Nos parece importante remarcar lo de las edades, ya que observamos que niños de temprana edad pueden ser parte de esta actividad.
Para ampliar la investigación nos dirigimos a entrevistar al Padre Fabián González Balsa, párroco de la iglesia Cristo Rey quien nos proporcionó más información acerca de los Scout, también nos asesoró sobre otras organizaciones de ayuda caritativa. Es interesante lo que nos plantea con respecto al entorno en el que vivimos. “Ante catástrofes naturales, los vecinos llaman a los Scout para que los ayuden en esos momentos”. Por ejemplo, esto sucedió durante las inundaciones del año pasado, cuando los que ayudaron, entre otras cosas, a bajar los paquetes de los camiones, a embolsar mercadería y en otras tareas, fueron ellos. Como estas catástrofes suceden de manera inesperada, el grupo ayuda con lo que puede. Siempre deben estar listos para atender cualquier emergencia. Ahora bien, ¿son ellos los que tienen que ayudar y hacer la labor o deberían ser los representantes del pueblo los responsables de las necesidades de la gente?
Por su parte, la iglesia católica, de donde es Fabián, organiza actividades caritativas, como también lo hacen los evangélicos, entre otros, “Caritas organiza todos los sábados el desayuno para 20 ó 30 personas, les dan máquinas de afeitar, jabón, ropa, y luego se reza”. También, hay gente, anónima, que dona comida que trae, por ejemplo el Ex Norte de Mosconi, actual Carrefour, ese anónimo compra la comida y demás cosas y las manda a la iglesia para los chicos carenciados.
Sobre el origen de los Scout comenta el padre Fabián que “su fundador, el inglés y ex soldado, Baden Powell, pensó en las guerras y decidió ayudar a los pibes a través del juego y de las buenas acciones, rescatándolos así de esa situación y sacando lo mejor de cada uno”. La batalla de Mafeking contra los colonizadores holandeses, conocidos como los Boers, fue la que, al fundador, lo consagró como héroe ya que para vencerlos necesitó de un gran ingenio, carácter y astucia para imponerse en una misión que parecía perdida. Por esta razón muchos jóvenes en Inglaterra empezaron a leer su libro Aid’s to Scouting y trataron de imitar sus métodos. Se debe a esto que el grupo Scout guarda relación con las prácticas militares. Esta situación para nosotros es un tanto extraña, los Scout son una agrupación copada pero muy estricta, vemos como se visten, las cosas que hacen, sus gestos, su saludo y demás costumbres, todo esto hace que nos parezca un grupo militar. Sin embargo, lo que logramos conocer sobre este grupo nos dio la pauta de que pese a las críticas recibidas por sus características, son buena gente.



Jonathan Martín Infantino
Rodrigo Martín Parotti
Juan Ignacio Grodz

domingo, 19 de agosto de 2007

La plaza "Nunca más" (ex Lonardi) y su gente

Elegimos focalizar la mirada en la plaza "Nunca más" ubicada en nuestro barrio Villa Pueyrredón. Esta es una plaza bastante cuidada: los bancos y los juegos están bien pintados. Se observa mucho movimiento ya que está pegada a la estación de tren y continuamente la gente pasa para utilizar este medio de transporte. En un sector hay cartoneros y se puede ver que utilizan ese lugar como vivienda: hay colchones y también elementos de cocina.
Decidimos focalizar en el tema de la comunidad cartonera para saber, cómo vive, cómo sobrelleva esa vida y si se siente o no discriminada por los vecinos de la plaza.
Es por eso que entrevistamos a uno de ellos, quien amablemente aceptó charlar con nosotras y contarnos un poco de su vida. Hablamos con “Shrek” quien nos comentó que pasó a ser cartonero, ya que por perder a su familia entera solo le quedó una sola opción: vivir en la calle de la forma más digna que pudo encontrar, juntando cartones.
“Shrek” tiene 26 años y dice:- No me molesta ser cartonero ni vivir en la calle, obviamente me gustaría tener una vida más piola, pero sé que es imposible porque la gente nos re discrimina y nadie nos da trabajo, es por eso que no me queda otra que juntar cartones.

¿Cómo los tratan los vecinos?
- Hay de todo un poco, hay gente que nos manda a la policía todo el tiempo, y buscan excusas para echarnos, y otros nos tratan bien, nos ayudan con alimentos, colchones, ropas, entre otras cosas. Nosotros no tenemos problemas con nadie ahora, pero corte que si se meten con nosotros, ahí sí, tenemos “bondis” (problemas), por ejemplo hace poco tuvimos problemas con unos pibitos, que robaban carteras acá en la plaza, los paramos y les dijimos que no se zarparan porque a los primeros que les iban a echar la culpa era a nosotros, y los pibes como estaban re drogados se enojaron y me empezaron a picotear (que te peguen de a muchos) y ahí se armó una batalla campal, porque justo había unos pibitos que me conocían y “saltaron” por mí.

Con esta anécdota finalizamos la entrevista y nos dimos cuenta de que mucha gente está equivocada: son personas igual que nosotros, la única diferencia es que les tocó un destino diferente y no por eso hay que excluirlos de la sociedad.
Para sacarnos dudas sobre lo que opinaba la gente sobre ellos, conversamos con una mujer que estaba con su hijo en la plaza:

- No me molestan, siempre traigo a mi hijo a esta plaza porque me gusta, es grande y está muy cuidada, los cartoneros están a un costado, “en su mundo”, y no joden a nadie. No te voy a negar que sí me molesta mucho que se estén drogando y más cuando mi hijo está jugando ahí al costadito, pero soy consciente de que no solo los cartoneros son los que se drogan y que por más que cambie de plaza voy a seguir viendo la misma imagen, la droga está presente en todos lados, y no por eso me voy a quedar en mi casa.

También hablamos con otra señora que estaba paseando al perro: - Me molesta rotundamente la llegada de los cartoneros a la plaza, desde que están acá es un descontrol: se la pasan todo el tiempo creando conflicto y el sector donde se encuentran está todo sucio. Ya presenté varias denuncias en su contra, pero la solución nunca llega, pero por más que me molesten no voy a dejar de venir a la plaza a la cual asisto desde hace tantos años.
Para completar la información concurrimos a un Centro Cultural de Villa Pueyrredón “Nunca Más”, está a tres cuadras de la plaza, en Nazca y Cabezón. Allí se dan clases de gimnasia, se realizan reuniones de jubilados, exposiciones y, por sobre todo, se lleva a cabo una actividad muy importante para el barrio, se hacen reuniones vecinales en las que algunos vecinos muy comprometidos, opinan sobre las obras que se realizan en Villa Pueyrredón y proponen nuevas reformas. Uno de los temas principales es la plaza ya mencionada, buscan la manera de mantenerla en condiciones, de mantener la seguridad, la limpieza y la familiaridad que tiene esta y muchas otras plazas, ya que es concurrida por muchas mamás con nenes pequeños, abuelas, y, también, adolescentes. En este momento la Asamblea está buscando la manera de terminar con la droga en el lugar, algo difícil y anhelado por todos los vecinos de Villa Pueyrredón, pero la única opción que ven cercana es la de seguir insistiéndole a la policía para que patrulle la zona más seguido, debido a que ésta siempre se compromete a hacerlo pero sólo aparece una vez por día y sólo para “figurar”, porque nunca hace nada. Siempre son los mismos los que compran, venden y consumen droga en el lugar. Otra medida fue la de pintar los bancos y la fuente, que se realizó hace menos de dos meses, y a los 5 días de haberlo hecho, algunas “banditas” de jóvenes se encargaron de volver a dibujar los graffitis clásicos de la misma, en la Asamblea se respeta al llamado “arte urbano” pero creen que, según lo que uno de los vecinos dijo textualmente:- “es una falta de respeto que no se considere que si está pintado es porque hubo un esfuerzo para poder realizarlo”. Es una pena que la mayoría de la gente del barrio no sepa que funciona esta asamblea, que no tiene ningún fin de lucro y que hace tanto por nuestro barrio.

Nos parece interesante agregar lo que nos contó un amigo nuestro, que también para en la plaza, al que le decimos “El Queko”.

-Mi vida no siempre fue un “bardo”, yo tenía una vida normal, iba a la escuela, salía con los pibes, jugaba al fútbol, pero siempre me persiguió la mala junta. Al principio yo no quería, pero al final terminé cayendo en la droga, y ahí mi vida empezó a ser un bardo, necesitaba más plata para mantener mi vicio, ya no me importaba el colegio, mi familia ni nada de lo que antes era importante para mí, imaginate, con la guita que yo rescataba en un día podía vivir una banda de tiempo re “bakan” (ganador), para qué iba a estudiar si conseguía todo lo que quería sacándoselo a los demás. Cada vez mi vicio fue más “groso” y terminé en la peor, el paco, así mi vida terminó transformándose en un re “bondi” hasta que en mi último robo, de tan dado vuelta que estaba ni me rescaté que venía la gorra y me agarraron. Lo peor fue que no sólo quedé preso sino que pasé las fiestas de fin de año ahí adentro, ganándome el respeto de los demás. Ahí “toqué fondo” y me puse yo mismo un “rescatate”, ya no podía seguir así, corte que ni mi vieja ni mi hermana se lo merecían. Hoy estoy orgulloso de ser lo que soy, porque me estoy rehabilitando y estoy tratando de volver a tener una vida normal.


Romina Gasali
Julieta Gualdoni
Agustina Gonzalez

martes, 7 de agosto de 2007

Una mirada sobre La metamorfosis de Franz Kafka



La metamorfosis de Kafka narra la historia de Gregorio Samsa, un joven que ha llegado a sentirse un escarabajo, y esto es así porque la angustia lo invadía. De alguna manera, la historia de Gregorio es el reflejo de millones de personas, ya que ¿quién no se ha sentido un escarabajo alguna vez? Esto está narrado de manera metafórica, o mejor dicho, de manera surrealista. Claro está que nadie, realmente, puede ser o convertirse en un bicho, por más que se sienta muy mal, por más bajo que crea estar.
Esto es, lo que cuenta esta nouvelle, que no es más que el retrato de la vida de Kafka. Una vida sujeta al "régimen dictatorial" del padre, que ejercía una presión importante, o por lo menos lo suficiente como para que Franz Kafka escriba esta obra.
La nouvelle de la que estamos hablando, fue escrita en noviembre de 1915. Esto muestra dos cosas: en primer lugar, lo avanzado que era Kafka; esta obra clásica de la literatura, fue escrita hace más de 90 años, en una sociedad que quizá no estaba preparada para recibir este mensaje. En segundo lugar, resulta impactante (sabiendo que quizá la sociedad no estaba muy preparada para eso) en el momento que lo escribió, ya que era un momento de cambios, de revoluciones y guerras. De conflictos en lo social. Conflictos por el comienzo de la revolución rusa, secuelas de los cambios industriales, peleas por buscar una identidad en un momento de persecuciones ideológicas, en medio de todo esto, Kafka escribe este libro.
Por eso es tan adelantado.

La obra me gustó, aunque por momentos me aburrió un poco, sobre todo al principio, cuando desconocía "el trasfondo".

Emiliano Matorelli

domingo, 5 de agosto de 2007

Argentina latente

Argentina latente, tercer documental de Pino Solanas sobre el país, es una película que habla sobre cómo por la falta de una política seria se desaprovechan recursos que podrían sacarnos adelante, cómo privatizaron muchas industrias y fábricas estatales y sobre las personas que lucharon para recuperarlas.
La misma empieza con unos planos panorámicos aéreos que nos dejan ver todo nuestro territorio. Son imágenes impactantes. De fondo, se oye la voz del cineasta.
Luego, el director, empieza a presentar diversos casos, como el de dos amigos que forman parte de los Astilleros Río Santiago. Los hombres relatan cómo atravesaron con valentía el proceso militar y el intento de privatización de su empresa en la década del ‘90, que gratamente frenaron luego de una larga lucha. Durante el relato, uno de los hombres se quiebra, y ese es uno de los pocos momentos donde se lo ve a Pino, quien se introduce en la escena para abrazarlo.
También, nos muestra otras historias. Visita lugares como
Instituto Balseiro, la CONEA, el IMPA, el CONICET, y el INVAP. Entrevista a físicos, biólogos, técnicos y trabajadores que dan cuenta de que en el país, la ciencia y la tecnología son poco reconocidas.
Lo que Solanas nos quiere expresar es que se puede luchar contra las multinacionales, que poseemos recursos naturales y humanos para salir adelante, pero que la política no ayuda. Si eso cambiara, Argentina podría volver a ser ese país industrial que fue hace muchos años.
En conclusión, su principal mensaje es que no bajemos los brazos, porque ¡SE PUEDE SALIR ADELANTE!




Lucía Isla, Melisa Contratti, Lucía Pinillos


viernes, 13 de julio de 2007

Memorias del saqueo: otra mirada

La película, en sí, provoca mucha indignación. Muestra el dolor de la gente, se encuadra bien el sentimiento que quiere mostrar cada imagen. Se logra en el espectador un acuerdo con lo que se plantea, con los problemas, y genera adhesión a los reclamos que se ponen de manifiesto. Mediante las imágenes de pobreza y, en contraposición, el excesivo dinero de nuestras figuras políticas, convierte el lujo del que gozan, en vulgaridad, llenándonos de bronca, al poderlos ver “triunfantes” mientras la población de la que son responsables, sufre enormemente gracias a sus delitos y deshonestidad.
Además, Pino Solanas se vale de imágenes fuertes de la realidad, como los niños desnutridos en el hospital, o como la del niño en el ataúd para hacernos llegar la realidad de muchísimas personas pobres a nosotros, que no sufrimos de esa manera, que no somos pobres ni ricos, pero que también somos argentinos y como tales tenemos que hacer valer los derechos de todos. En lo personal estas imágenes me llenan de un inextricable sentimiento de dolor, impotencia y ganas de abrirles los ojos cegados por el dinero o por el desinterés a nuestros dirigentes políticos.
También se incluyen escenas muy representativas de nuestra historia actual argentina, como el helicóptero de De la Rua después de su renuncia; la típica frase dicha por Menem: “síganme, no los voy a defraudar”; el cacerolazo del 2001, los saqueos, entre otros.

El film comienza desde el cacerolazo de diciembre del 2001, y luego retrocede algunas décadas (década del 70), para mostrarnos, cómo de a poco, el país iba empobreciéndose gracias a la deshonestidad de los presidentes, y el egoísmo, ya que se robaban todo lo que podían. Si bien el país nunca estuvo en total auge ni mucho menos, cada año, o cada cambio de presidencia, ocurrían hechos desfavorables para la población. Solanas cuenta cómo desde el ’70, la deuda externa fue creciendo desde 45 mil millones, hasta llegar a los 170 mil millones, fue incrementándose: en 1981, en época de la dictadura, la deuda era de 45 mil millones, luego, subió a 54 mil millones, diez años después alcanzó los 150 mil millones, y así hasta llegar a la suma de 170 mil millones. Esto debido a los pésimos ministros de economía y las malas maniobras. La desvalorización de las industrias propias, convirtiéndolas de estatales a privadas como YPF, CU-TRANCÓ, PETROBRAS, provocó desastres, en algunos sectores de la sociedad, por la cantidad de desempleados.
Además, se deja en evidencia la degradación humana y el empobrecimiento brutal progresivamente creciente, provocados por la economía de Cavallo. Éste desfavoreció a la clase media y casi la eliminó, enriqueciendo más a los ricos, y dejando aún más pobres a los pobres.
La cantidad de muertes por día a causa de la desnutrición y de las enfermedades curables, hablan por nosotros: 55 niños, 35 adultos y 10 personas mayores. Por año, mueren unas 35 mil personas.En fin: Argentina es el resultado de la seguidilla de políticos corruptos en el poder.


Keila Gomar

jueves, 28 de junio de 2007

Memorias del saqueo

Memorias del saqueo es un documental que se enfoca en determinados momentos de la historia argentina. Su análisis comienza, más o menos, con el gobierno de Menem, haciendo hincapié en los aspectos más relevantes, llegando hasta De la Rúa y su famosa huida en helicóptero.
Este film, mero reflejo de la realidad, me permitió recordar el pasado, todo lo vivido, lo ocurrido cuando todavía era una niña, y no tenía una verdadera noción de lo que sucedía; todo lo que, de algún modo, quise olvidar. Recuerdo haber visto esas imágenes rondando en la televisión y los diarios, haber hablado algo de estos temas en el colegio… pero no me daba cuenta de la dimensión de los hechos, de las consecuencias que traían, de lo que realmente ocurría en Mi país. Hoy puedo y hoy veo. Veo estas historias, esta realidad, este documental que muestra la corrupción, la represión, la pobreza, la inestabilidad, la desigualdad, la terrible condición en que se hallaba sumergida la Argentina. También puede que nos permita, y ojalá fuera así, aprender de nuestros errores, para así no volver a cometerlos. Pero una de las cosas más importantes que nos hace saber es que juntos podemos, la fuerza de la unión, un sentimiento y pensar común, “tirar todos para el mismo lado” es lo que nos permite dar vuelta la situación. ¿Por qué hoy veo esto, y años atrás no? No sé. Quizás porque crecí, o porque el mundo cambió, el panorama cambió, la situación ¿cambió? Con seguridad puedo decir que hace tres años no pasaba lo mismo que ahora; creo que de a poco fuimos mejorando, fuimos progresando. Algunas cosas sí, es cierto, empeoraron o siguen igual, pero en general, yo creo que estamos mejor. Posiblemente sea sólo el deseo de ver una salida lo que me mueve a decir esto, el pensar que tenemos esperanza, y que vale la pena luchar para alcanzarla.
A pesar de que al principio me pareció aburrido, “medio plomo” por tratar temas como política que no despiertan un gran interés en mí, debo reconocer que el material que presenta es impactante, y que me hizo reflexionar. En el texto de Alicia Méndez "La narración en Comunicación", reconocí algunos puntos en coherencia con el film de Solanas. Alicia habla de la historia oral, aquella que trabaja con fuentes orales apuntando fundamentalmente a su interpretación. En uno de sus párrafos, se establece que los Estudios Culturales “aportan a las investigaciones en historia oral conceptos relacionados con la idea de cultura, que permiten pensar las micronarrativas resultantes de las entrevistas no tanto en términos del encuentro intersubjetivo entre el entrevistado y el entrevistador, sino en una dimensión más amplia vinculada con la producción de sentido en la sociedad en un momento histórico determinado”. Analógicamente, lo que Solanas produce podría adoptarse como historia oral: él cuenta una historia, específicamente la argentina, utilizando un medio oral y visual, apelando a entrevistas y testimonios que nos permiten realizar una interpretación más extensa, haciéndonos incluso sentir identificados con el entrevistado (pareciera que, en cierta forma, nos acercara a él y a su realidad). Esta sensación es el principal fruto de la comunicación oral, y es el efecto que el entrevistador quiere lograr en el receptor. Aquí surge otro punto en común. En el texto se afirma que quienes “utilizan el método de la entrevista para hacer historia oral, trabajan no tanto con la información que obtienen de los informantes sino básicamente con la expresión de cultura que subyace a los testimonios”. Esto es lo que nos llega del film de Solanas, la vida, la opinión, la cultura de nuestra sociedad.






Nora Anzilutti

jueves, 21 de junio de 2007

Una crónica más: El niño de Villa Pueyrredón

Son casi las cinco de la tarde de un día sábado, en el barrio de Villa Pueyrredón, más precisamente sobre la calle Artigas y Franco. Un niño de aproximadamente 6 años, con la ropa sucia y rota, la mirada triste y unos cartones bajo el brazo, ingresa a un quiosco situado entre esas calles, atrás de él entraron dos hombres bien vestidos y una señora. El quiosquero vio al niño pero lo pasó por alto y atendió a los hombres, después quiso atender a la señora, pero ésta le dijo: -Atienda primero al niño-. El chico sacó un par de monedas de su bolsillo y le dijo al quiosquero: -Hola señor, tengo mucho hambre ¿me alcanza esto para un sándwich o un paquete de galletitas?- El quiosquero despectivamente le respondió: -Mirá, pibe, con esto apenas te alcanza para un par de caramelos ¡andante a juntar cartones y volvé cuando consigas más plata!-
Al niño se le llenaron los ojos de lágrimas, y cuando el quiosquero se acercó a la señora para preguntarle qué era lo que necesitaba, tomó uno de los sándwiches que estaban sobre el mostrador y salió corriendo, el quiosquero lo vio y comenzó a perseguirlo, logró atrapar al ladrón a unos veinte metros del quiosco, lo tomó del brazo sacudiéndolo, le tiró sus cartones, le sacó la comida y comenzó a insultarlo, el niño lloraba asustado y le decía: -Perdóneme señor, es que yo… yo y mis hermanitos tenemos hambre, pero le juro que no va a volver a pasar, se lo juro- El quiosquero no paraba de gritarle.
Ante este escándalo los vecinos se acercaron para ver qué era lo que estaba sucediendo, y entre ellos algunos comentaban: -¡¡¡Y claro!!! Chicos como este que ahora roban, en un futuro matan, violan…- Otros en cambio, defendían al niño y decían: -¡¡¡El quiosquero es un bruto!!! ¿Por qué no lo suelta? ¿No ve que lo está lastimando? ¡Es solo un niño que tiene hambre!- Pero no hacían nada al respecto.
La señora que estaba en el quiosco, tomó unos sándwiches y unos paquetes de galletitas, se los entregó al niño y le pagó al quiosquero, éste se quedó helado y soltó al niño, quien miró a la señora a los ojos y le agradeció desde el corazón.
Los vecinos al ver este suceso, comenzaron a aplaudir a la señora, la felicitaron, y hasta le ofrecieron dinero por los gastos. El quiosquero furioso, pero a la vez desconcertado por la reacción de los vecinos, cerró el negocio y se marchó del lugar.
Verónica C. La Rosa

martes, 12 de junio de 2007

La plaza Lonardi

Está en Villa Pueyrredón, detrás de la estación entre las calles Artigas, Cabezón y Condarco.

Una plaza: muchos juegos y muchos niños, también un grupo de chicos jugando al fútbol y otro a la paleta. Los padres están observándolos y algunos, mientras, charlan entre ellos.
En un sector de la plaza hay un grupo de cartoneros. Viven allí, hay bancos y frazadas, y debajo de ellos hojotas. Además, hay carros, changuitos, cartones y otros objetos que juntan; aprovechan una mesa y unos bancos de cemento como comedor.
Un grupo de señoras mayores conversa y unos jóvenes charlan y toman alcohol.
Más tarde, en la parte de la plaza que da a la calle Ladines, un grupo de gente de diferentes edades (adultos, jóvenes y niños) pasea a sus perros y conversa. Los más chicos juegan a la pelota y mientras tanto la mayoría de los perros se divierten entre ellos.
Hay un mástil sin bandera. Los bebederos algunas veces funcionan y otras no. Los jóvenes se reúnen donde se ubica la fuente, para tomar cerveza: varias chapitas adornan el suelo. La fuente, sin funcionamiento, presenta muchísimos graffitis, los cuales también figuran en las paredes. Las pintan los jóvenes por la noche, no hay vigilancia. Otra característica es la desprolijidad y ausencia en cuanto a la pintura: en el sector de los juegos las bases de cuatro subibajas sin sus tablas y en el arenero sobresale un caño poco visible, peligroso para los niños. El camino muestra bolsas tiradas, algunas cosas que llaman la atención: un elemento oxidado del tamaño de una rueda de auto incrustado en el suelo a un costado del camino exponiendo a todos a un posible peligro, y una casa verde localizada en un lugar alejado del centro de la plaza. Detrás de la fuente comienza un pasillo largo y angosto que se dirige al centro, al final hay bolsas y otras cosas tiradas que no se distinguen; cerca se huelen olores desagradables, algunas personas hacen sus necesidades allí.
En el lugar donde está la glorieta se instalaron los cartoneros, y es por eso que la gente ya no lo utiliza, pues antes muchas personas se sentaban allí a conversar y a leer el diario.
Observando bien la plaza, pudimos darnos cuenta de que en diferentes partes de ella se juntan ciertos grupos: en la fuente y saliendo de la boletería hacia la derecha se ubican los jóvenes; en la parte de los juegos los niños predominan y a su alrededor, sus padres o familiares; en los bancos enfrentados a los juegos por lo general se reúne la gente mayor; y por la noche del lado de la fuente que da a la calle Ladines se encuentra el grupo de los vecinos que pasean a sus perros; en el sector de la estación circula la gente que viaja.


JÉSICA SUJKA, MARÍA AGUSTINA MORETTI, KEILA GOMAR

lunes, 11 de junio de 2007

Historias de vida

Margarita Sánchez
Yo vivo en Villa Pueyrredón desde hace 64 años, cuando la mayoría de las calles eran de tierra. Pocas estaban asfaltadas, en la mayoría había una vereda y la zanja.
En ese tiempo, el lechero pasaba con un carro tirado por un caballo, el organillero recorría el barrio con un órgano, el barquillero tenía un tambor con una ruleta arriba, una rueda que giraba y te ganabas tantos barquillos (especie de cubanito) según el número que sacabas; el pavero solía caminar por el medio de la calle, llevando los animales caminando también y, cuando un cliente se acercaba, agarraba al pavo con un gancho de la pata y lo mataba; y el churrero utilizaba un carrito o triciclo.
La escuela primaria la hice en el Ejército Argentino (Nazca entre Cabezón y Obispo San Alberto). A los 14 años comencé a trabajar como costurera de paraguas, pero también trabajé en un taller de mallas de vestir, después como ayudante de modista, con mis abuelos en el almacén, celadora de micro escolar y ayudante de peluquería.
Normalmente, se hacían quermeses, donde había puestos de juegos como latas que debías tirar con una pelota, embocar en aros, muñequitas que pasaban y debías disparar con un rifle, etc. y si ganabas obtenías como premio un reloj y otras cosas. Jugábamos también en la calesita.
En el Club Deportivo Devoto o en el Pueyrredón a veces venían actores o cantantes. En las plazas se hacían cines utilizando como pantalla un camión con una tela.
En el barrio, las personas solían ser humildes, buenos vecinos; se formaba como una familia, se acostumbraba a sentarse en la vereda y a charlar con los demás.


Anabella Benincasa

Isabel Vidal
Nací en Villa Pueyrredón hace 67 años en la calle Condarco, entre Cochrane y Bazurco. La vida en esa época era totalmente distinta a la de ahora, era más tranquila y segura.
Mis abuelos criaban animales en su casa, como gallinas y conejos. Mis tíos tenían en la feria un puesto de verduras, compraban la verdura en el mercado, de donde la traían en lienzos o fardos. Una vez en casa, esos paquetes se abrían, la verdura se lavaba en un piletón y, con juncos, se hacían ataditos que luego vendían. En la feria había distintos puestos (quesos, almacén, verduras, frutas, especies, flores, carnes, fiambres) que, situados en ambas veredas, ocupaban dos cuadras y media, desde Franco a Nazca.
Cuando salía del colegio (República de Nicaragua), las chicas de la cuadra nos juntábamos en las veredas a jugar a la estatua, a la mancha, a las escondidas, a saltar la soga, al teatro de disfraces. Algunas veces íbamos al almacén, comprábamos 100 gramos de aceitunas y pickles para comer mientras jugábamos. Siempre estábamos en la calle o en jardines, nunca adentro. Podíamos estar afuera hasta tarde, porque no pasaba nada. En Navidad, por ejemplo, se hacían bailes callejeros después de las doce. Muchas veces bailaba con Héctor Mayoral (o “Conejo” como le decíamos en el barrio). Los muchachos con quienes nos juntábamos nos cuidaban y respetaban como si fuéramos hermanas suyas.
También bailábamos en el Centro Lucense, que quedaba en Vicente López. Allí íbamos para carnaval, pero siempre acompañadas por los chicos y algún familiar. Las mamás nos llevaban al Club Comunicaciones (ahora abandonado) a bailar o a ver a Juan D’Arienzo, Oscar Alemán, Héctor Varela.
En la Plaza Alem, se celebraban las fiestas patrias: venían cantantes o bandas, se armaba un escenario (palco), se colocaban banderas. La asistencia era obligatoria por el colegio. Enfrente de la plaza había un cine, los fines de semana íbamos a ver, por ejemplo, a Lolita Torres o Los Cinco Grandes del Buen Humor.
Los vecinos éramos una familia; cuando necesitabas algo, el vecino estaba siempre a disposición al igual que uno con ellos, la casa de uno era la del otro; había mucha unión.
La secundaria la empecé en el colegio Conservación de la Fe, que era de monjas, pero abandoné al año porque yo quería aprender costura, y aunque el título que otorgaba era como modista, tenía que estudiar además Historia, Geografía, entre otras materias y eso no me interesaba. Por lo menos, me enseñaron alta costura. Después igual seguí un curso aparte de modista. A los 14, trabajé para una casa de modas (Casa Andrew) gracias a una profesora. Yo me encargaba de las terminaciones de los vestidos de fiesta, todo a mano y mi horario era de 9 a 12, y de 14 a 19.
Había muchos vendedores ambulantes. A la mañana temprano pasaba “La panificación”, un camioncito que vendía panes parecidos a los que hoy conocemos como pan para panchos. También comíamos gofio, un polvo pegajoso amarillo semejante a la harina o maizena, que era riquísimo. Si mientras comías te hacían reír, te ahogabas. Se compraba en librerías que también eran kioscos.
Nori Anzilutti

Bajate de acá

Un 18 de junio, a las 14:30 horas, en un vagón de tren del ferrocarril General Mitre, una señora de bajos recursos, junto con su hija de aproximadamente doce años, la cual tiene gran parte de su rostro quemado, trata de ganarse el sustento del día vendiendo curitas. De repente, ingresa el guardia del tren y la interrumpe diciendo:
-Bajate del tren, vos acá no podés vender.
-¿Por qué?- Responde la mujer.
- Porque yo soy el que controla y vos no podés.
- Si no estoy molestando a nadie…
- A mí no me importa, ¡Bajate de acá!
- ¡Claro, vos vas con comisión con el otro vendedor!, ¿no es cierto? ¡No me podés echar así…! ¿No ves cómo está mi hija?
El tren justo se detiene en la estación Saldías.
- Muy sencillo, si no te bajás, no dejo arrancar el tren.
Una señora mira al policía con un gesto de “qué barbaridad” e interrumpe:
-Señora, ¿se puede bajar? ¿Tanta necesidad tiene de venir a vender a este tren? ¿No se da cuenta que nos atrasa a nosotros?
- ¿Y tanta necesidad tiene usted de meterse en lo que no le importa?- le responde otra pasajera, e irónicamente le sigue diciendo… - Usted parece ser la única retrasada de este tren ¿por qué no se baja?- ella hace una pausa y luego le dice a la mujer que vende: -Yo le compro señora- agarra una cajita de curitas y le da cinco pesos. La vendedora le agradece y a los demás también ya que comienzan a hacer lo mismo, exceptuando a la mujer retrasada y al guadia que sigue hablando:
- ¡Basta! ¡Bajate! Vos y tu nena, bájense ya. ¡Es la última vez que lo digo!
Y una vez que le compraron bastante, con una mezcla de dolor y furia le dice:-¡Ojalá nunca te pase lo que me pasó a mí!- La mujer toma a su hija de la mano y sale llorando. Todos miran al guardia y a la señora que estaba en contra de la vendedora, con caras de resentimiento, de bronca… pero ninguno de los dos se da por aludido.

AgUsTiNa MoReTTi

Un mal momento

Todo ocurre el quince de abril del corriente año, en el barrio Loma Hermosa ubicado en el partido de San Martín, provincia de Buenos Aires.
Está amaneciendo, son alrededor de las seis y media de la mañana, horario típico de la salida de los adolescentes que van a bailar. Como siempre está el hombre que vende las facturas, el carrito que va de un lado para el otro vendiendo choripanes, panchos y hamburguesas.
En un momento empiezan a discutir entre dos “banditas” de chicos, son alrededor de siete chicos en cada una. Pasan unos minutos y uno de los grupos sube a sus motos y se va. Al ver que los “rivales” se fueron, ellos se retiran de a poco. Hasta que lamentablemente quedan dos, caminan y charlan. No caminan ni media cuadra que ya están rodeados por los chicos con sus motos, quienes se bajan les comienzan a pegar. Una de las “víctimas” logra escapar de ese círculo y comienza a correr por el medio de la calle. Pero la suerte no está de su lado, ya que es seguido por dos de los contrarios. Uno de estos al ver que no puede alcanzarlo atina a patearlo para que tropiece y se caiga; y es lo que pasa. El joven se cae, da un par de vueltas y cuando trata de levantarse para seguir huyendo se “encuentra” con los dos adolescentes…
A pocos metros está la parada del colectivo, y ahí estoy yo. No soy la única espectadora, están mis amigos, conocidos y no sólo jóvenes, también están los hombres alguna vez ya vistos, que preparados para comenzar su día, se van a trabajar, con sus caras lavadas y su ropa impecable. No se puede creer que teniendo esa imagen al frente de sus narices nadie haga nada.
Hasta lo tolero más y grito:- Ayúdenlo, lo están matando. No me importa qué puede llegar a pasar. Mis amigos callándome y los hombres con sus manos en los bolsillos, a causa del frío matutino, dan media vuelta para mirarme a los ojos, entonces comienzo a sentirme sapo de otro pozo, nadie responde a mi pedido, todos son indiferentes, como si nada estuviera pasando.
Luego me acerco a un hombre, ¿no piensa hacer nada?, él sacando su mano del bolsillo para poder bajar el cuello del abrigo, me responde:- si uno se “mete”, sale lastimado también. Sin saber qué decirle retrocedo sorprendida, esa frase se repite una y otra vez dentro de mí.
El joven, luego de haber recibido la golpiza, queda ensangrentado, con toda la ropa destrozada, aparenta tener el brazo dislocado y la mandíbula “rota”. Es rescatado por una pareja que pasa con su moto por la calle del episodio y lo lleva a un hospital de la zona.
Los dos agresores vuelven a buscar sus respectivas motos y se van a toda velocidad, en forma de festejo.
Shockeada me subo al colectivo y en apenas unos pequeños minutos, lamentablemente todo pasa a ser una pequeña anécdota.

Julieta Gualdoni

Otra crónica: el limpiavidrios


Es sábado al mediodía en pleno centro porteño. Las calles están colmadas por los autos, que en su mayoría son de gran valor. Para José, el limpiavidrios, que haya una gran cantidad es una ventaja, pues con ellos se gana la vida.
Mientras espera en la esquina que corte el semáforo, se prende un cigarrillo para sacarse un poco el frío que desde temprano congela la ciudad.
El semáforo se pone en rojo, se agacha, agarra su balde y el limpiavidrios. Se aproxima a los coches.
Un señor mayor al verlo llegar le da una moneda.
-Vení, limpiame el parabrisas y el vidrio de atrás.
Y sin dudarlo, lo hace rápidamente para no desaprovechar ni un segundo del tiempo que tiene.
Otro, acepta de mala gana. Se dirige a la mujer del auto rojo.
- No tengo monedas...
- No importa- le responde él y se lo hace gratis, quizá por el simple hecho de romper el tedio.
Otros, a los que ni se les acerca, hacen como que no lo ven, pero lo vieron desde lejos, con el limpiavidrios en alto y chorreando esa agua un poco sucia, caminando entre los autos, agachándose al hablar hacia las ventanillas.
Se nota que ya es experto en el trato con las personas. Tiene claro que no siempre le toca lidiar con gente amable y simpática. Como con el joven de la camioneta Toyota Hilux, que al verlo acercándose le dice:
- Por qué no aprovechás mejor tu vida y dejás de molestarnos a nosotros, los conductores...
- Mi intención no fue fastidiarlo, don. No se enoje…
- Sí, me enojo ¿y qué?... Mejor que desaparezcas ya de mi vista, a un pobrecito como vos no le conviene tener conflictos con gente como yo- le contestó con furia y soberbia el automovilista.
José se aleja para no entrar en problemas. Se queda inmovilizado en el medio de la calle. ¿Por qué lo tratan así? ¿Por qué en vez de negarse y tratarlo cordialmente, lo insultan, lo denigran, lo humillan? Se le nota la angustia y la bronca.
Pasan los segundos y José sigue así, en ese estado.
Se asoma la luz verde.
Los bocinazos de los conductores que le piden que se corra del medio, que no estorbe, lo hacen salir de ese momento de reflexión.
Vuelve resignado a la esquina. Espera que nuevamente el semáforo cambie a rojo para seguir trabajando a pesar del episodio.
De nuevo el balde, el limpiavidrios y su amabilidad. De nuevo la negación, los autos y la tristeza.

MELISA CONTRATTI

domingo, 10 de junio de 2007

Otra crónica urbana

Un día como cualquier otro por la tarde, a las cinco y cuarto, María se encontraba en su local; hace seis meses que trabaja allí vendiendo alimento para mascotas. Entró una joven, vestida en forma humilde, con la ropa algo rota y sucia; ya varias veces le había comprado comida para su perro. Se acercó al mostrador.
- Buenas tardes – dijo la joven.
- Buenas tardes, ¿qué desea?
- Mire señora quería pedirle un favor, si me podría guardar los documentos y este bolso, porque yo duermo en la glorieta de la plaza entonces corro el riesgo de que me roben, es más, ya me pasó.
- Claro que sí, no hay problema.
La joven le entregó sus pertenencias y se retiró.
Luego otra clienta, una señora mayor con una correa de perro en su mano, se acercó al mostrador y le dijo a María:
- No tiene que ayudar a esa cartonera, esos son todos unos delincuentes.
- No es así, no son todos iguales.
Al instante volvió a entrar la cartonera con una bolsa en la mano.
-Encontré esta bolsa cerca de la puerta del local, seguro que alguien se la olvidó allí.
-Muchas gracias- dijo María.
Y la joven se retiró.
La señora reconoció la bolsa, era suya; la había olvidado al mirar la vidriera. Entonces se la pidió a María, pagó su compra y se fue.

Jésica Sujka

lunes, 28 de mayo de 2007

La última frase

Sé que sigue estando pero que ya no es él. Sé que vuelve a los mismos lugares, que ve a las mismas personas saliendo de la Asamblea, que sigue yendo una y otra vez a las vías del tren, y hasta que intenta repetir su último movimiento. Ya no tiene que tomar tanto coraje como aquel día, pero lo hace igual a sabiendas de que ya nada va a pasar, de que aquello fue sólo esa vez, que nunca va a volver a sentir dolor aunque justamente eso quiera, sentirse vivo una vez más.
Sabe lo que los chicos hicieron el otro día, él estuvo ahí a su lado aunque ellos no lo hayan visto. Se emocionó con ese acto, incluso lloró, o por lo menos lo intentó, dado que ya no brotan lágrimas de sus ojos.
“Si tenés miedo comprate un perro”. No puede dejar de mirar esa frase que ahora se luce en el paso a nivel: desde que la pintaron no pudo separarse de ella. No me preguntes cómo lo sé, pero lo sé.
También sé que desapareció de su rostro aquel dolor indescifrable, aquellos rasgos de demencia que todos conocimos en sus últimos meses. Ya no se ve demacrado y sucio, ya no se ve como un indigente. Ahora simplemente se ve como alguna vez fue, con un rostro suave y limpio de toda expresión esquizofrénica, con una luz recóndita que emerge desde su interior. Ya no está triste, ni tiene esa maraña de pensamientos que no lo dejaban razonar, ahora sólo se limita a ser un espejo de la existencia.
Es evidente que no puede dejar atrás aquel día, nadie puede en realidad. Pero él es el único que sabe cómo se sintió realmente y cómo cada uno de esos sentimientos profundizaba en su herida, como agujas. Ya te dije, no me preguntes cómo es que lo sé, la cuestión es que lo sé.
Se despertó como cualquier día de los últimos once años, entre sus cartones amontonados contra el paredón de la placita, su placita, aunque es verdad que nunca había visto algo que se pareciera menos a una plaza que la que ahora observaban sus ojos todavía cansados. Se levantó, acomodó sus cosas en la esquina del paredón y salió a mendigar por la calle, a tratar de que la gente le diese por lo menos unas monedas para comprar agua. ¿Te dije que desde hacía semanas lo invadía una sed bárbara que no podía aplacar? Dicen que la muerte llega en forma de sed, que te va secando por dentro hasta el final.
En fin, le pidió a diez, a veinte, a treinta personas pero no logró ni diez centavos. Se sentó. Lo que más le molestaba no era no sacar plata, después de todo confiaba en que la sed se le iba a ir, así como siempre se le terminaba yendo el hambre, sino la mirada de las personas. Esos ojos que sin decir ni una palabra lo señalaban, lo criticaban, lo acusaban, lo excluían y lo discriminaban como si fuera su culpa el estar en la calle.
A los minutos pasa una señora, creo que de unos cincuenta o sesenta años, una señora que él, lamentablemente, nunca pudo olvidar, o mejor dicho, los ojos de la señora son los que nunca pudo olvidar. Ya no eran ojos de reprimenda, sino de total terror, como si acabara de ver un fantasma en medio de la avenida Triunvirato. Esos ojos lo hicieron sentir todavía más miserable, al sentimiento de culpabilidad (infundado por años de rechazo), se sumó el de impotencia, no podía hacer nada para que las personas no le tuvieran miedo, así era e iba a ser siempre, ellos nunca iban a entender que no era su culpa el estar en esa situación. Inmediatamente quiso defenderse de alguna forma de esa acusación muda pero significativa. Miró a la mujer a los ojos y de su boca brotaron las palabras: “Si tenés miedo, comprate un perro”. Lo dijo sin pensar, pero instantáneamente se sintió mejor, ya que logró que los ojos de pavor de la señora se desviaran de su cara y que ésta acelerara el paso hasta casi correr en sentido contrario. Durante todo ese día, su último día, a toda persona que él consideraba que lo estaba inculpando con la mirada, le decía lo que en un futuro llegó a ser su frase: “Si tenés miedo, comprate un perro.”
A las ocho de la noche en punto, ya cansado y hambriento, se dirigió a la Asamblea que se encuentra al costado de la estación de Villa Urquiza, la cual se convertía en comedor comunitario de noche. Hizo fila como siempre. No le gustaba mucho ese lugar. Aunque le daban de comer, prefería no tener tanto contacto con las personas. Mientras comía, miraba para todos lados con los ojos desorbitados, pensando que los demás sólo lo estaban mirando a él. Aunque en realidad no fuera así. ¿Te conté que esa noche me tocó servir la comida a mí?
Él no estaba igual que siempre, es decir, siempre lo consideramos medio loco, pero esa noche era la viva imagen de un demente.
En un momento determinado, cuando su atormentada cabeza no resistió más presión, imaginaria presión, fue cuando pasó lo que pasó.
Primero que nada todos escuchamos la campanilla de la estación, anunciando que el tren no estaba lejos, él de repente se paró en su silla, agarró el plato todavía con comida, y lo revoleó por los aires ensuciando a las personas más cercanas. Acto seguido se subió a la mesa y gritó con todas sus fuerzas su frase: “¡Si tenés miedo, comprate un perro!”
Se bajó y se dirigió corriendo hacia la vía. El tren estaba a sólo cuatro pasos cuando se tiró.


Lucía Pinillos

Caminando por el barrio

Escrache al juez Alfredo Bisordi

El sábado veintiocho de abril, cuando volvía a mi barrio, Villa Pueyrredón, venía caminando por la Avenida Mosconi, todo parecía normal esa tarde. Las calles no estaban muy habitadas pero cuando voy a cruzar Condarco miro hacia los lados y del lado de Carlos Antonio López veo muchos policías adelantes de unas vallas que cortaban la calle. Intrigada le pregunté a unas vecinas que estaban hablando del episodio, ellas me respondieron que había una manifestación en contra de un juez: Alfredo Bisordi, presidente de la cámara de Casación penal, por lo que ellas pudieron comentarme se encuentra intervenido por sus acciones en el proceso militar. Y los uniformados estaban situados ahí ya que era el domicilio del mismo.
Sorprendida seguí mi camino a casa, pensando en lo que acababa de ver. Al levantar la vista diviso en el horizonte una multitud que se dirigía hacia mí, ahí deduje que eran los manifestantes. Con un poco de temor entré a un negocio y presencié un alboroto en el personal, ya que se corría el rumor que los manifestantes estaban rompiendo y saqueando todo lo que estaba a su alcance, es por esto que cerraron al instante. Seguí mi camino y todos los locales estaban en la misma situación, bajando las persianas, guardando la mercadería y retirándose del lugar.
Al llegar a Nazca fue cuando “me enfrenté” con la marcha, había mucha gente de todas las edades, abuelas, nenes con sus familias, algunas personas con banderas, otros con bombos y una pequeña caravana de motos, que eran la cabecera de la marcha.
Lo que me llamó la atención fue que no estaban haciendo ningún caos, fue pura especulación de los comerciantes, sólo estaban protestando por lo que les correspondía, JUSTICIA.




Texto: Julieta Gualdoni
Fotografía: Agustina Moretti

lunes, 21 de mayo de 2007

Aprendiendo a ver

Es mediodía y Baldwin está caminando con un amigo [...]. La luz roja los detiene en una esquina.
-Mira- le dice el amigo, señalando el suelo. Baldwin mira. No ve nada.
-Mira, mira-. Nada. Allí no hay nada que mirar, nada que ver. Un cochino charquito de agua contra el borde de la acera y nada más. Pero el amigo insiste: “¿Ves? ¿Estás viendo?”.
Y entonces Baldwin clava la mirada y ve. Ve una mancha de aceite estremeciéndose en el charco. Después, en la mancha de aceite ve el arcoiris. Y más adentro, la calle pasa, y la gente pasa por la calle, los náufragos y los locos y los magos, y el mundo entero pasa, asombroso mundo lleno de mundos que en el mundo fulguran, y así, gracias a un amigo, Baldwin ve, por primera vez en su vida ve.

Eduardo Galeano, Memoria del fuego


Los chicos de quinto año están haciendo un trabajo de campo en los barrios Urquiza y Villa Pueyrredón. Este trabajo les implica salir a la calle, contactarse con vecinos... En realidad, la propuesta es que miren lo que no está tan a la vista, que puedan ver a través de lo que se ve. Por eso comenzamos este blog con el texto de Galeano "Aprendiendo a ver". Es en ese aprender a ver que comienzan a aparecer historias de vida, realidades hasta el momento desconocidas, voces nuevas...

Crónica urbana

Esas voces nuevas, esas nuevas o viejas realidades pero hasta el momento casi desconocidas, se abren un espacio en este género -cruza de Periodismo y Literatura- la crónica urbana:

Hijos de la nada

A las 20 horas del día 16 de abril. Me encontraba caminando por la estación de Urquiza.
La gente pasaba al lado mío. Nadie miraba a nadie, cada uno se encontraba en su mundo. Entraban y salían de la estación desesperados, preocupados por sus propios problemas. Tan preocupados que no podían ver los de otros. Como el de aquel cartonero que se acercaba al andén llevando un pesado carro, y esperando ese tren “blanco” que lo llevaría otra vez a su casa. El de ese cartonero que se cruzó con ese hombre que vestía de traje, que salía de esa lujosa cafetería, en la que se encontraba la gente hablando, bebiendo cafés y tes calientes, y comiendo cosas ricas. El otro en cambio iba acompañado por su pequeña hija que llevaba ropas gastadas y sucias. Y pensaba si alguna vez su niña podría disfrutar de lo mismo.
Pero ese pensamiento fue interrumpido por ese hombre de traje azul marino y maletín negro, al cual no vio y llevó por delante.
¡Para qué!
Tendrían que haber visto su cara, cómo esta se fue transformando, pasaba de una cara preocupada a una con los ojos completamente desorbitados, con ganas de liquidar a aquel se atravesara por su camino.
Ese aquel era el flaco cartonero, aquel que con cara de angustia trasmitía una tristeza irreparable. No entendía nada, solo escuchaba los gritos de este señor:

-A vos te estoy hablando, sí, mírame, ¡no te das cuenta de que con esa cosa molestás!, ¡que me manchaste la ropa!

Nada contestaba el hombre.


-Pero, por favor, esta gente se cree dueña de la calle, la verdad no sé por qué no los encierran de una maldita vez.

Tampoco decía nada el hombre.

-¡¿Acaso no escuchás?! ¿Qué es lo que te pasa? Mirá a tu hija, y en el estado en que se encuentra, porque ¡sos un vago que no quiere trabajar!

Entonces el hombre lo miró a los ojos y se le lanzó encima.

Allí se pusieron a pelear. Hasta que un policía los vio:

-¿Qué es lo que está pasando acá señores? ¿Qué ocurre?

-Nada, respondía el hombre del maletín, es que este roñoso me empujó con su carro.

-¿Es verdad eso señor? Preguntó el policía al hombre

-No, no lo vi, en serio se lo digo.

Y mientras este no terminaba la frase el hombre del maletín se había llevado al vigilante a un costado y le hablaba a la altura de los hombros. El policía se dio vuelta, caminó tranquilamente hacia el cartonero y le dijo:

-Usted a mí me acompaña, señor.

-¡No, no! Yo no hice nada. Suélteme que me está lastimando… Pero, ¿por qué?

Así como si nada, se lo llevó. Llamó por radio a un patrullero y lo metieron en el auto con las manos esposadas.
La niña que no entendía nada, se había escondido detrás del carro de su padre. Él la llamó y le dijo algo, mencionó un nombre que no puedo recordar y la besó. La nena entró al pasaje subterráneo corriendo, ellos se fueron.
El hombre de traje continuó caminando como si nada hubiera ocurrido. Y la gente también siguió en su mundo, es más, jamás se enteraron de nada.



Lucía Isla